Colapso Z — Episodio 1

Inicio del caos

El mundo no se terminó ese día.
Se rompió, y nadie supo cómo volver atrás.

Justin Sanders tiene treinta años.
No viene de una familia rica ni miserable. Simplemente promedio. Lo suficiente para aprender a trabajar desde joven, y comprender lo suficiente para NO elegir caminos fáciles.

Nunca fue a la universidad.
Cumplió el servicio militar, participó en un par de misiones en el extranjero y, al regresar, cambió el uniforme por grasa en las manos. Desde hace dos años trabaja como mecánico en un taller de autos. Turnos largos. Sueldo justo. Silencio al final del día.

Vive con su esposa, Lila.
Veintiocho años. Estudiante de medicina, quinto año. Disciplina, vocación, cansancio acumulado. Ella sostiene la casa cuando puede. Él sostiene todo lo demás.

Nada en sus vidas anunciaba lo que estaba por venir.
Nadie cree en el desastre… hasta que ocurre.

2 de abril.
Un día común.

Lila se levanta temprano. Prepara el desayuno, deja ropa en la lavadora y revisa el horario de la facultad. Justin se despide con un beso rápido, toma las llaves y sale rumbo al trabajo.

Camioneta Chevrolet de los noventa.
Café en el portavasos.
Radio encendida.

El locutor habla de música, tráfico, bromas matutinas… hasta que cambia el tono.

—Diez personas hospitalizadas de gravedad por un virus desconocido. Todos provienen de la misma zona periférica de la ciudad…

Justin escucha, pero no presta demasiada atención.
Diez personas no son una alarma. Aún.

Llega al taller. Puertas abiertas. Saludos entre compañeros. Rutina pura: ordenar herramientas, limpiar el puesto, revisar trabajos pendientes. Nada fuera de lo normal.

Horas después, Thompson —dueño y gerente— nota algo extraño.
Dos empleados no se han presentado. No avisaron. No respondieron mensajes. Cerca del mediodía, vuelve a llamar. Nada.

Almuerzan igual.
El mundo todavía parece estable.

Para la tarde, el hospital central colapsa.

Los mismos síntomas.
Convulsiones.
Violencia súbita.

Los primeros pacientes atacan a médicos, enfermeros, otros enfermos. El contagio se acelera dentro del propio hospital. Para la noche, el caos se extiende a clínicas, puestos de atención, comisarías.

No hay protocolos.
No hay respuestas.

Cuando el gobernador es informado, la ciudad ya está ardiendo.
La mitad de la policía herida.
Un cuarto muerta.

03:00 a.m.

Justin y Lila despiertan sobresaltados.
El ruido lleva horas creciendo. Gritos, sirenas, golpes lejanos. Dormir se vuelve imposible.

Se asoman con cuidado por la ventana.

Personas corriendo.
Gritos de auxilio.
Sonidos que no reconocen… roncos, guturales, como de algo que no debería emitirlos.

Guardan silencio.

—¿Qué está pasando? —susurra Lila.

Justin no responde. Observa desde el suelo, sin exponerse. No distingue bien en la penumbra. Solo sabe una cosa: la seguridad de Lila está por encima de todo.

Un grito estalla en la calle, muy cerca.
Luego… un gemido.
Después, nada.

Lila mira un segundo entre la cortina.

—Parece… como un perro comiendo algo.

Vuelve rápido y abraza a Justin.
La idea queda flotando: ¿y si no era un perro?

Justin no responde. Piensa. Analiza. El ruido viene de toda la ciudad.

—Esperemos a que amanezca —dice finalmente—. Luego nos iremos. Al interior. A la casa de mis tíos.

Lila asiente.

Empiezan a preparar mochilas.
Linternas. Sacos de dormir. Comida. Agua.

Justin se arrodilla junto a la cama y levanta una tabla suelta. De allí saca una pistola 9 mm y varias cajas de munición. Luego una escopeta calibre 12.

—¿Eso…? —susurra Lila—. Sabía de la pistola, pero la escopeta…

—Regalo de mi padre —responde—. Hay más munición en el garaje.

Se detiene. La mira a los ojos.

—Somos tú y yo. Nada ni nadie va a estar por encima de nuestra seguridad.
Lila lo entiende. No discute. Lo abraza.

Justin cierra la mochila con cuidado.

El sonido del cierre parece demasiado fuerte en el silencio de la casa.
Afuera, los gritos se apagan uno por uno.
No porque la gente deje de gritar…
sino porque algo los hace callar.

—Despacio —susurra—. Y en silencio.

Lila asiente. No pregunta más.
No hace falta.

Justin mira una última vez la puerta principal. La casa que conocían. La vida que tenían hasta ese día. Todo queda atrás sin despedidas.

A lo lejos, algo golpea metal.
Luego otro sonido.
Más cerca.

Justin apaga la linterna.
Y en la oscuridad, entiende algo con absoluta claridad:

Esperar al amanecer ya no es una opción.

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