El bombero
La casa que, por ahora, les sirve de refugio sigue a oscuras.
Pero el silencio ya no existe.
Afuera, la ciudad respira de otra forma.
Mal.
Esa noche cayó una lluvia torrencial.
No duró hasta el amanecer, pero fue de esas que descargan con furia.
Truenos y relámpagos estallaban en el cielo, como si una batalla se librara sobre la ciudad.
Justin no volvió a dormir después de eso.
Permaneció sentado, atento.
Vigilando.
El cansancio del día anterior terminó venciendo a ambos por momentos.
Pero no fue descanso.
Muy temprano, Justin y Lila ya estaban listos.
Mochilas al hombro.
Armas cargadas.
No hay palabras.
Cualquier sonido parece demasiado alto.
Ni siquiera pensaron en el café.
Entonces ocurre.
Un ruido seco en la calle.
Algo arrastra los pies sobre el asfalto.
Lila se asoma apenas por la ventana.
El asfalto todavía brilla húmedo bajo los faroles.
Bajo el farol, una figura se mueve sin rumbo.
Como si hubiera olvidado cómo caminar.
Por un segundo parece un hombre.
Solo por un segundo.
La cabeza gira.
Se detiene.
Los ojos, vacíos, se clavan en la casa.
—Justin… —susurra Lila.
La criatura corre.
El impacto contra la puerta es brutal.
La madera cruje.
Un gruñido gutural estalla del otro lado.
Seco. Animal.
Golpea otra vez.
Insiste.
Justin levanta la escopeta, el pulso firme.
Aprieta el gatillo.
El disparo sacude la casa, la puerta revienta en una lluvia de astillas.
Entonces algo más rompe el silencio.
Un grito.
Justin se inclina hacia el hueco de la puerta destrozada.
En la calle, un hombre con uniforme rojo lucha desesperado contra tres infectados que intentan derribarlo.
Resbalan sobre el asfalto mojado por la lluvia.
El casco rojo, manchado de sangre, lo delata.
Un bombero.
Uno de los no muertos cae bajo el hacha, pero el otro se lanza con una velocidad imposible.
Justin no duda más.
El disparo sacude el aire.
El cuerpo cae.
—¡Lila, cúbreme!
Justin avanza.
El segundo disparo impacta al infectado que va directo al bombero. El cuerpo cae… y aun así intenta arrastrarse. El bombero aprovecha, golpea una última vez y retrocede, jadeando.
—¡Corre! —grita Justin.
Lila sale detrás, arma en alto. Dos disparos secos. Precisión. Silencio momentáneo.
El hombre los mira, incrédulo.
Está vivo.
Rasguñado, pero vivo.
—Gracias… —dice—. Ethan Myers. Bombero.
Justin asiente, sin tiempo para más.
—Tenemos que irnos. Ya.
No miran atrás.
La casa queda.
La noche también.
Ethan Myers, el bombero, va sentado en la parte trasera de la camioneta.
Piensa en silencio.
Sin esta pareja, ahora sería una cifra más entre los muertos.
No tiene idea qué fue de su hijo.
Aún piensa en él. Constantemente.
El divorcio los alejó.
Quería volver por el muchacho.
Diecisiete años.
Lo extraña más de lo que esperaba.
Lágrimas amenazan con salir.
Pero no lo hacen.
Y mientras la vieja Chevrolet avanza por una ciudad que ya no reconocen, Justin entiende algo con absoluta claridad:
No hay regreso posible.