Segunda marca
En el camino.
La vegetación ha tomado la ruta.
No crece: invade.
Ramas negras se arrastran sobre el asfalto. Raíces gruesas rompen la línea amarilla como si el camino hubiera sido olvidado por el mundo. El aire es denso.
Ceniza.
Metal caliente.
Y algo más.
Algo podrido.
Después de casi veinte horas de viaje, avanzando despacio y deteniéndose solo para lo indispensable, Justin decidió buscar un lugar donde descansar.
Lila había estado tratando de dormir en el asiento al lado de Justin. Con el cuello y gran parte de su cuerpo adolorido, había despertado, y Justin aprovechó para pedir su ayuda con el mapa.
Entraron por un camino de tierra, hacia una hacienda vieja, que apenas figura en el mapa.
Se estacionaron frente a lo que esperaban fuera el punto señalado en el mapa.
El descanso había sido poco más que un intento. Todos amanecieron con el cuerpo dolorido. Cada uno se había arreglado para dormir como pudo.
Ethan y Reese, en la carrocería, apenas habían logrado cubrirse con una lona de camping; los diez grados Celsius de la madrugada no les había permitido conciliar sueño completo.
Justin prácticamente no había dormido. Había preferido mantenerse al volante mientras Lila descansaba con la cabeza apoyada sobre sus muslos.
La niebla matinal se disipó rápido, permitiéndoles notar la antigua cabaña ante la cual amanecieron.
Construida en piedra y madera, debió de haber sido imponente en sus mejores días.
—Queda mucho camino —dice Lila, revisando el mapa—. El combustible aún es razonable, seguimos dentro del margen.
Justin asintió pensativo.
Así que, todos reunidos al costado de la Chevrolet, propuso llegar a la casa, presentarse a los dueños y pedir ayuda, para descansar, reponerse y seguir.
Caminaron pasando por el portón.
Reese avanza con el fusil bajo, pero listo. No pregunta. No opina. Observa. Está midiendo al grupo… y encajando en él sin estorbar.
Ethan no se separa del vehículo. El hacha descansa en sus manos, pero ya no tiembla como antes. Aunque el miedo sigue ahí.
Entonces Justin se detiene.
No escucha nada.
No todavía.
Lo siente.
Un tirón leve en el pecho.
Un cambio en el aire.
Una presión que no viene de afuera… sino de dentro.
Se gira, mirando al otro lado de la camioneta, parada en el camino frente a la casa.
Sus ojos se deslizan barriendo el bosque.
Las ramas no se mueven con el viento.
Se abren.
—¡Alto!—
Todos observan detenidos, expectantes a lo que se refiere, no comprenden qué es lo que Justin está percibiendo.
Reese ya está apuntando.
Ethan ajusta el agarre.
Lila levanta la pistola sin dudar.
Entonces algo salió disparado de entre los árboles.
No parecía correr.
Parecía deslizarse.
Solo cuando cruzó la luz de la mañana pudieron verla completa.
La criatura es más larga que un humano. Su espalda está encorvada, el torso inclinado hacia adelante, como si el peso de su propia mutación la obligara a cazar. Las extremidades son desproporcionadas.
Adaptadas.
Su piel no es piel: es como placas irregulares, encallecidas en zonas, como si algo hubiera intentado blindarla… sin terminar el trabajo.
Demasiado rápido.
Se mueve.
—¡Justin! —grita Lila.
Justin ya está en movimiento, busca ángulo, intenta levantar la escopeta
Pero llega tarde.
Como si un instinto biológico marcara a Justin, la criatura lo ataca.
Impacta.
El choque es brutal. El aire sale de los pulmones de Justin en seco. Retrocede un paso… dos…
Pero no cae.
No debería resistir eso.
Pero sus músculos se tensan como cables, al límite.
Entonces siente los dientes.
Se hunden en su antebrazo.
El tiempo se rompe.
Nadie dispara.
Nadie respira.
Esto ya lo han visto antes.
Saben cómo termina.
Pero no termina.
La piel no cede.
Se marca. Se hunde. Se tensa.
Pero no se abre.
Justin siente el calor.
No es dolor.
Es otra cosa.
Algo que despierta.
Su pulso se acelera. La sangre golpea con fuerza en las sienes. Cada músculo responde como si hubiera estado esperando esto.
Entonces Justin empuja.
Y durante un instante…
deja de verse humano.
La criatura sale despedida.
Literalmente.
Golpeó contra el camino de tierra con un sonido seco y siguió girando hasta quedarse entre los pastizales.
—¡Contacto! ¡Fuego! — ordena Reese.
El disparo impacta. La criatura se sacude frenéticamente.
Ethan olvida que porta un arma y entra. El hacha baja con decisión.
Corta.
Pero no es suficiente.
Justin ya tiene la escopeta.
No duda.
—¡A la cabeza, teniente! —grita—. ¡A la cabeza!
Ethan se aparta.
Reese corrige la dirección.
Dispara.
Una ráfaga precisa, fulminante.
La cabeza revienta en pedazos oscuros.
Silencio.
Real.
Pesado.
Reese baja el arma primero.
—Ahora sí…
Ethan no responde.
Está mirando a Justin.
Todos lo están.
—¿Cómo? —susurra Ethan—. ¿¡Cómo no te hizo daño!?
Justin no responde.
Mira su brazo.
La marca está ahí.
Profunda. Roja.
Pero la piel…
No es la misma.
Más densa.
Más firme.
Como si ya no perteneciera del todo a lo que era.
Respira.
Siente su propio cuerpo.
Y lo entiende sin entenderlo.
Está cambiando.
Lila se mueve primero.
Siempre es ella.
Se acerca despacio. Toma su mano con cuidado, como si midiera algo más que una herida.
No hay miedo en sus ojos.
Hay algo más fuerte.
Lo lleva de la mano hasta la camioneta, lo hace sentarse en el borde de la carrocería. Le ofrece agua.
Todos los siguen con la mirada.
—Sea lo que sea que esté pasando en tu cuerpo… —dice en voz baja— lo vamos a entender.
Justin cierra el puño.
La fuerza responde.
Natural.
Instintiva.
Peligrosa.
No sabe en qué se está convirtiendo.
Ni qué era aquello que despertaba dentro de él.
Pero si ese cambio podía mantener con vida a Lila…
aceptaría cualquier precio.