Episodio 6 – Temporada 1

El despertar

Ha pasado más de una hora desde el enfrentamiento.

El grupo permanece en el lugar, sin decirlo en voz alta, dándose permiso para respirar. El miedo todavía flota en el aire, mezclado con polvo, sudor y el olor metálico de la sangre seca.

El cuerpo del mutado yace a unos metros, inmóvil… aunque espasmos involuntarios recorren sus extremidades de vez en cuando, como si la muerte aún no terminara de reclamarlo.

Justin está recostado sobre la carrocería de la camioneta.

Lila se ha sentado junto a él y le ha colocado una manta encima. La cabeza de Justin descansa sobre sus piernas. Duerme. Profundamente. Demasiado tranquilo para alguien que debería estar muriendo.

Todos miran su brazo.

La marca de los dientes sigue ahí. Roja. Profunda.

Pero no infectada.
No inflamada.
No sangra.

—Eso no es normal —murmura Ethan al fin—. No sangra. No hay herida real.

Nadie responde.

Justin despierta poco después y pide agua. Bebe largo, con avidez. Luego se incorpora apenas.

—Hay una toma de agua potable más adelante —dice, señalando con la cabeza—. Deberíamos llenar todo.

Reese asiente sin discutir.

Ethan toma los bidones.

—Es buena idea.

Se alejan juntos, en silencio.

Justin flexiona lentamente el brazo mordido. La piel se siente más firme. Más densa. Como si algo se estuviera reforzando desde dentro.

Lila observa la herida con una concentración absoluta. Sus dedos recorren el borde de la marca sin presionar.

—Tu piel resistió —dice al fin—. Incluso un corte superficial así debería sangrar más. Esto… no encaja con nada.

No hay miedo en su voz.

Hay certeza.

Cuando Reese y Ethan regresan, cargados con los bidones, el teniente observa a Justin un segundo más de lo normal.

—Ojalá siga bien —dice, casi para sí.

—Lo estará —responde Ethan sin titubear, como si necesitara creerlo.

Reese frunce el ceño.

—¿Tenés idea de qué significa esto?

Justin respira hondo. Su cuerpo se siente liviano. Lúcido. Vivo como no recordaba.

—No lo sé. Pero no me siento mal… me siento muy bien.

Ethan da un paso atrás.

—Ojalá sea algo bueno. —murmura—. Ojalá no sea otra cosa.

Lila levanta la mirada.

—Esto es una ventaja —dice, con una seguridad que no admite discusión.

Reese cruza los brazos, evaluando la situación como si estuviera frente a un nuevo tipo de terreno enemigo.

—Si es una ventaja, hay que entenderla.

Justin mira sus manos. Las abre. Las cierra.

Lo harán. Pronto.

Deciden pasar la noche allí.

Reese e Ethan arrastran el cuerpo del mutado fuera del camino.

—Enterremos eso —dice el teniente—. Va a oler peor.

—Hagámoslo. —asiente Ethan.

Justin se levanta de un salto.

—Voy con ustedes.

—No —responde Ethan de inmediato—. Vos descansá. Nosotros podemos.

Reese asiente.
—Así es, bombero.

Justin no insiste.

La noche cae tranquila.

Todo lo tranquila que puede ser. Por ahora.

Más tarde, cuando el campamento duerme, Justin se incorpora en silencio.

Lo siente.

No es dolor.
No es hambre.

Es un llamado.

Se adentra unos metros en la maleza, guiado por una certeza que no sabe explicar.

Entonces la ve.

Oculta entre follajes, ramas y sombras, iluminada apenas por la luna, cuelga una fruta pequeña, espinosa, de aspecto común. Nada en ella llama la atención… salvo para él.

Su cuerpo la reconoce.

La toma.

Un calor sutil recorre sus dedos.

Esto es importante.
Esto es suyo.

Regresa al campamento. A escondidas, parte la fruta en dos. La pulpa es brillante, casi gelatinosa. Irradia un calor imperceptible.

No piensa demasiado.

Come una mitad.

El efecto no es violento.

Es profundo.

Un calor interno se expande, como si cada célula despertara de golpe. Su mente se aclara. Sus sentidos se afinan. Todo encaja con una lucidez extrema.

No duda.

La otra mitad es para Lila.

Cuando la madrugada comienza a romper el cielo, Justin se levanta antes que los demás. Prepara café. Tritura la pulpa restante hasta convertirla en una pasta espesa.

Lila se mueve entre las mantas cuando él se acerca.

Le da un beso suave en la frente.

No explica nada.

Solo le ofrece el plato.

Ella no pregunta.

Confía.

Come.

El sabor es extraño. Dulce y agrio a la vez. Ligero. Desaparece apenas toca su lengua. Luego bebe el café.

Todo parece normal.

Hasta que no lo es.

El dolor la atraviesa de golpe.

—¡Agh!

Se dobla sobre sí misma, llevándose una mano al abdomen. Es un dolor punzante, profundo, como si algo dentro de ella estuviera cambiando a la fuerza.

Justin la sostiene con firmeza.

Reese e Ethan se ponen de pie al instante al oírla.

—¿Qué diablos pasa?

Pero el dolor desaparece tan rápido como llegó.

Lila queda inmóvil.

Su respiración se calma.

Su cuerpo se relaja.

Por un instante, el mundo a su alrededor parece ralentizarse.

Menos ella.

Un destello cruza sus ojos. Fugaz.

Justin lo ve.

Y en ese segundo, se conectan.

No es una visión.
No es una voz.

Es una sincronía absoluta.

Sus sentidos se rozan, se superponen, como si durante un latido compartieran una misma existencia.

Luego, todo vuelve.

Justin la ayuda a incorporarse.

Lila parpadea, se sacude el cabello… y sonríe.

—Wow… ¿qué fue eso?

Justin sonríe, aliviado.

Ella también lo siente.

La energía.
La claridad.
La fuerza nueva.

Ethan y Reese se miran, desconcertados.

—Cosa de casados —murmura uno.

El otro se encoge de hombros.

Pero no hay tiempo para celebraciones.

Porque, sin avisar..
el caos vuelve a encontrarlos.

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