Buscando respuestas
El camino desde la pequeña tienda transcurrió en silencio.
Nadie parecía tener fuerzas para hablar.
El bosque había recuperado el silencio.
Solo el murmullo del viento entre las copas de los árboles y el crujido ocasional de alguna rama recordaban que la naturaleza seguía su curso, indiferente al fin del mundo.
La cabaña permanecía oculta entre la vegetación. Sus paredes de madera soportaban con dignidad el paso de los años, mientras los rayos del sol atravesaban las rendijas de las ventanas iluminando el polvo suspendido en el aire.
Después de todo lo ocurrido, incluso el silencio parecía una forma de descanso.
Justin observó a las dos muchachas. Hanna mantenía la mirada baja, abrazándose a sí misma como si aún esperara el siguiente golpe. Claire, aunque intentaba mostrarse fuerte, no podía ocultar el cansancio que pesaba sobre sus ojos.
Lila intercambió una mirada con Justin.
No hacía falta decir una sola palabra. Ambos comprendían perfectamente lo que aquellas chicas necesitaban.
Con una sonrisa serena, Lila se acercó a ellas y las acomodó en la cabaña, con cuidado y habló con ellas sin hacer demasiadas preguntas; solo las necesarias.
Con el paso de las horas terminarian por relajarse y comprenderian, no de forma teórica sino real, que por fin estaban a salvo.
Para Hanna y Claire, era la primera vez en varios días que podían descansar bajo el cuidado de otros.
Los demás, en el cuarto de al lado, estaban sentados alrededor de la vieja mesa.
Sobre ella: botellas de agua, comida enlatada de los estantes, un par de armas apoyadas sin dramatismo.
No había una guardia formal, pero todos permanecían atentos. El hábito todavía mandaba.
Afuera, el mundo seguía roto.
Adentro, reinaba una calma extraña.
Al cabo de un largo rato, Claire y Hanna se reunieron con los demás en la habitación contigua.
Todavía permanecían juntas, aún algo rígidas, como si temieran que aquella calma pudiera romperse de un segundo a otro.
Finalmente, Claire habló.
—¿Qué… qué fue lo que pasó? —preguntó—. Quiero decir… ¿cómo empezó todo?
La pregunta no exigía una respuesta inmediata.
Pero cayó sobre la mesa como algo pesado.
Justin apoyó los codos sobre la madera. No adoptó tono de líder. Solo el tono de alguien que estuvo ahí.
—No lo sabemos con certeza —dijo—. Pero los primeros casos aparecieron en un hospital.
Algo se salió de control. La infección se propagó demasiado rápido.
Para cuando alguien quiso reaccionar… ya era tarde.
Reese mantuvo la mirada fija en el suelo mientras hablaba.
—La primera noche fue el quiebre —añadió—. En menos de veinticuatro horas, todo colapsó. La policía, las comunicaciones, las evacuaciones.
Mi unidad intentó despejar una zona residencial… —hizo una pausa—. No salió bien.
No entró en detalles.
No hace falta.
Hanna tragó saliva.
—Nosotras estábamos en un centro comercial —dijo—. En las noticias decían que era “una situación aislada”. Nadie se lo tomó en serio.
Apretó las manos.
—El primer infectado apareció en el patio de comidas. En cuestión de minutos… todo se volvió gritos y sangre.
Corrimos. Solo corrimos.
Ethan, que había permanecido callado hasta entonces, levantó la vista.
—Yo estaba de servicio —dijo—.
Nos llamaron por personas atrapadas en un edificio. Pensamos que era humo, pánico, algo así.
Cuando entramos… —negó con la cabeza—. No eran personas pidiendo ayuda.
El silencio que siguió no resultó incómodo.
Era un silencio compartido.
Cada uno cargaba su propia versión del fin del mundo.
Ninguna contradecía a la otra.
Claire se aclaró la garganta.
—¿Hay… alguna cura?
Lila respondió sin dureza, pero sin mentir.
—No —dijo—. No hasta ahora.
Justin levantó la mirada entonces.
Guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Pero hay cosas que todavía no entendemos —agregó—.
Cambios. Respuestas raras.
Personas que no reaccionan igual.
No dijo más.
Reese lo observó de reojo.
Ethan también.
Ellos ya lo habían visto.
Claire y Hanna no preguntaron. Aún no.
—No vamos a salir corriendo de acá —continuó Justin—. Primero descansamos. Planeamos. Vemos qué tenemos y qué nos falta. En este mundo… apurarse suele ser lo que mata.
Nadie discutió.
Lila asintió apenas.
Reese se recostó contra una estantería.
Ethan se sirvió un poco de agua y la pasó.
Por un momento, nadie habló.
No porque no haya nada que decir,
sino porque sobrevivir también implica saber cuándo callar.
Afuera, un sonido lejano les recordó que el colapso aún seguía allí.
Adentro, el grupo permanecía unido.
Las respuestas no están claras.
Pero al menos ya no están solos buscándolas.