La Mordida de Lila
El ataque llega de la nada.
La vegetación estalla a su alrededor como si el bosque hubiera despertado con hambre. Sombras deformes irrumpen entre ramas y raíces: cuerpos torcidos, mandíbulas abiertas, movimientos erráticos y frenéticos.
Son más. Son rápidos.
—¡Contacto! —alcanza a gritar Rocket.
La respuesta es inmediata. Disparos secos, cuchillas brillando, golpes brutales.
El grupo se cierra instintivamente, espalda con espalda, pero la presión no cede. Por cada mutado que cae, otro emerge desde la espesura.
El aire se vuelve pesado. El olor a sangre y tierra húmeda lo invade todo.
Justin avanza como si algo dentro de él hubiera cambiado de ritmo. Su cuerpo responde antes de que su mente termine de procesar el peligro. Esquiva ataques que no ve venir, ataca con precisión quirúrgica. No hay furia en sus gestos, solo una calma inquietante.
Él ya no es el mismo.
Un mutado se lanza desde un tronco caído. Justin lo derriba de un solo golpe.
Otro intenta flanquearlos; su cuchillo encuentra el cuello exacto. Cada movimiento es fluido, calculado, letal.
—¡No paran! —grita Ethan, retrocediendo mientras recarga.
Entonces el terreno empieza a jugar en contra.
Raíces sobresalientes del suelo como trampas. El barro roba equilibrio. La vegetación impide ver más allá de unos pocos metros. Un grito ahogado surge desde la izquierda: Rocket tropieza y cae de rodillas.
Un mutado ya está encima.
Lila no duda. Dispara a quemarropa. El cuerpo cae inerte… pero otro ocupa su lugar al instante.
La presión aumenta.
Y entonces aparece algo distinto.
Más grande. Más retorcido. Sus huesos sobresalen bajo la piel como cuchillas mal formadas. Sus movimientos no son erráticos: son deliberados. Avanza empujando a los otros, apartándolos como si no fueran nada.
—Ese no es normal… —murmura Ethan.
Justin se adelanta para interceptarlo.
El choque es brutal. El mutado resiste el primer impacto. Retrocede, pero no cae.
Sus garras rozan a Justin, que logra apartarse por centímetros.
Ese segundo es suficiente.
Lila lo ve.
Ve el flanco abierto. Ve cómo otro mutado se lanza desde la derecha, directo hacia Justin.
Siempre lo ve.
Se mueve sin pensar. Se interpone.
Dispara una vez. Dos. El cuerpo cae… pero el peso de otro la embiste desde el costado.
Lila cae al suelo.
El mundo se vuelve confuso. Tierra. Sangre. Mandíbulas demasiado cerca.
El dolor estalla cuando los dientes perforan su antebrazo.
—¡JUSTIN!
El grito atraviesa la batalla.
Justin reacciona como un rayo. Abandona al mutado grande y cruza el espacio en un parpadeo. Su golpe destroza el cráneo de la criatura que muerde a Lila. No hay combate: hay aniquilación.
Pero el daño ya está hecho.
La pelea continúa.
No hay tiempo para detenerse. Los mutados siguen llegando, uno tras otro, sin miedo, sin duda, sin conciencia.
Camicases de la muerte. Portadores de un virus que solo conoce una orden: avanzar.
El grupo pelea como si fuera el último momento de sus vidas. Hachazos, cuchillos, disparos secos. Cuerpos cayendo. Gritos ahogados. Nadie flaquea.
Nadie piensa en rendirse.
Por momentos, parece el fin.
Y entonces… silencio.
Los últimos mutados caen entre estertores. El bosque queda quieto, como si nada hubiera ocurrido.
Solo respiraciones agitadas.
Justin se da vuelta de inmediato.
Lila está sentada en el suelo, apoyada contra un tronco, detrás de él. Pálida. Tensa. El antebrazo mordido queda expuesto. Las venas alrededor de la herida comienzan a tornarse rojas, expandiéndose lentamente.
Demasiado lentamente para ser normal.
Demasiado rápido para ser buena señal.
Rocket y Ethan la observan con horror.
—¿Qué hacemos…? —susurra Rocket.
Justin no responde.
Ya tiene la decisión tomada.
Se arrodilla frente a ella. Saca su cuchillo.
Un corte rápido en la palma de su mano.
La sangre brota sin titubeos. La deja caer directamente sobre la herida.
Lila intenta hablar, pero no puede.
Algo ocurre.
Las venas se detienen.
El enrojecimiento retrocede, como si el virus dudara… y luego cediera.
El silencio se vuelve absoluto.
La herida comienza a cerrarse. La piel se seca. El cuerpo de Lila se tensa de golpe.
Su respiración cambia. Se vuelve más profunda. Más fuerte.
Sus ojos se abren.
No son los mismos.
Justin la sostiene mientras ella se arquea, luchando contra algo invisible que recorre su interior.
Ella también está cambiando.
No es infección.
No es muerte.
Es evolución.
Y Justin lo sabe.