La salida
El amanecer no trajo alivio.
Una bruma gris lo cubría todo, mezclando el olor a humo, sangre y algo más… algo podrido.
Justin y Lila ya estaban vestidos, armados y con las mochilas listas. No se escuchaban más pájaros. Solo los gritos lejanos, los golpes secos, y ese extraño gruñido ronco que parecía recorrer las calles como un eco maldito.
Salieron por la puerta trasera, con cuidado.
Justin iba al frente, escopeta en mano, Lila detrás con la pistola asegurada. Habían practicado juntos en los campos de tiro durante los fines de semana. Justin se aseguraba de que ella pudiera defenderse.
Ahora, todo eso cobraba sentido.
La camioneta estaba en el garaje. Justin abrió lentamente, mirando hacia todos lados. El vehículo seguía intacto. Cargaron lo necesario en la parte trasera y se subieron.
Lila cerró los ojos por un momento mientras el motor rugía. Era una de las pocas cosas familiares que quedaban.
—Nos vamos al norte —dijo Justin—. A la casa de mis tíos, en el campo, donde está papá. Con suerte, esto no llegará hasta allá.
El trayecto fue silencioso. Las calles estaban llenas de coches abandonados, bolsas abiertas, algunos cuerpos cubiertos con mantas y otros a la vista… mordidos, desgarrados, irreconocibles.
Justin desviaba la vista de Lila cada vez que pasaban cerca de algo así. Ella apretaba los labios, luchando contra las náuseas.
Pero la ciudad ya no era ciudad. Era una trampa.
En una intersección, un grupo de figuras se movía en grupo. Torpes, lentas, pero con una sola intención. Uno de ellos giró la cabeza, y Justin frenó bruscamente.
Los ojos estaban completamente blancos, la boca ensangrentada, y las manos aún sostenían trozos de ropa humana. Los caminantes los habían visto.
—¡Lila, baja la cabeza! —gritó Justin.
Aceleró y pasó entre dos autos abandonados.
Los no muertos tropezaron detrás, uno se estrelló contra el costado, otro cayó debajo del chasis, y el resto los siguió con torpeza.
Pero no era suficiente. Uno logró alcanzarlos en la siguiente esquina. Se lanzó contra la puerta del copiloto, rompiendo el vidrio con la frente.
Lila gritó, disparó por instinto. El disparo no dio en el blanco.
Justin frenó, giró la escopeta y disparó a quemarropa. El cuerpo salió despedido hacia atrás como una marioneta sin cuerdas.
Pero otro no muerto, agazapado detrás de un poste, se abalanzó.
Justin no lo vio venir. Cayó al suelo con él encima, forcejeando. El muerto abrió la boca con fuerza sobrehumana y alcanzó su cuello.
Lila gritó.
Justin sintió el mordisco. Pero no fue lo que esperaba.
El no muerto intentó desgarrar, pero sus dientes apenas atravesaron la piel. Una herida leve, apenas sangraba.
Justin empujó con fuerza y lo aplastó contra el suelo, reventándole el cráneo con la culata.
Lila corrió hacia él, aterrada.
—¡Justin! ¡Te mordió!
—Estoy bien… estoy bien. No lo logró —dijo, tocándose el cuello.
La sangre era superficial. No se sentía diferente, ni mareado, ni febril.
Al contrario, sentía los pulmones limpios, la mente clara. Como si algo dentro de él hubiese despertado.
—Tenemos que irnos —añadió, con firmeza. Volvieron al auto, más atentos, más alertas.
Llegaron a las afueras, un área más abierta. Todo parecía tranquilo. Se refugiaron en una casa de campo abandonada, con persianas metálicas y sótano.
Había herramientas, agua potable, conservas. Pasarían ahí la noche.
Mientras Lila dormía, Justin se quedó despierto. Sentía su cuerpo distinto. No era solo el mordisco. Era como si cada célula respirara mejor, como si sus músculos se prepararan para algo. No entendía qué pasaba, pero estaba seguro: no se estaba enfermando.
Y eso, en medio del fin del mundo, era todo lo que importaba.